2 de diciembre de 2011

Colapso

Ha llovido tanto desde entonces... recuerdo cuando por entonces adoraba la lluvia, cuando mojarse mientras caminabas era un juego y que, lo que para tantos era desagradable, para mí era una señal de que seguía vivo. Ha llovido tanto...


He recordado palabras que algún día mi mente escupió en tantas hojas que guardo desordenadas por diferentes cajones; arrugadas, rotas, perdidas... como un puñado de ideas que ahora me vienen a la cabeza y que no logro clasificar. De nuevo recuerdo esa frase típica que te suelta tu madre o tu abuela cuando te decía: "No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy"... Doy por hecho que tanta información, tantos hechos y tantos pensamientos han intentado entrar en mi mente y ésta, a modo de embudo, las ha intentado introducir una a una... pero todos sabemos que si vamos echando agua a un embudo ininterrumpidamente, sin dejar que éste vaya pasando agua, al final rebosa y se cae. Y así me siento; rebosado, rebosado de información y de pensamientos, de hechos que se amontonan en mi mente y no encajan a buen recaudo en mi interior, sino que andan divagando por aquí arriba sin destino, sin solución, sin remedio... y allí perecen inmortales, esperando a atacar cuando la más mínima duda llama a la puerta de mi razón. Entonces se hace fuerte, se aferra a tal duda para generar una infección de sentimientos que no hacen más que deshacer la línea que separa mi paciencia de una locura interminable.


Me he acostumbrado a vivir apartado de mis pensamientos intentando rechazar cualquier decisión que remita a un debate intelectual entre mi mente y mi deseo, pero pese a ello no consigo lograr tal causa. Todos me recuerdan que: "Estas cosas llegan solas, no se pueden controlar... uno no decide cuando va a llegar... llega y punto". Y yo les aplaudo, porque corroboro que llegará, pero un debate entre razón y pasión es un arma de doble filo; puede ser la solución o puede ser la sentencia.


Y hace poco viví tal debate. Alguien introdujo una idea en lo más profundo de mi razón, tan adentro que mi corazón hizo conciencia de ello, y como siempre; ambos empezaron a discutir. Siempre me he considerado una persona que ha sabido entender ambas partes, pero aún así, y aunque muchos digan que no tienen favoritos dentro de un grupo, yo prefería hacer caer la balanza en favor a la razón, pues es mi "ojito derecho" y, como dice mi madre: "Tu hermano me da menos disgustos"; de ese modo yo también adoraba mi razón. Pese a ello esa idea corroía de manera drástica esa línea racional y poco a poco se anclaba más adentro de mi alma, y parece ser que a mi razón se le escapaban razones para defender su posición... Poco a poco, la pasión, mejor dicho, la "indomable pasión" se hacía con el poder de esa idea y sabía que si algún día se hacía con el control absoluto de esa idea, los cimientos de mi cabeza temblarían provocando un colapso que podría suponer mi fin... o quizás mi salvación.

26 de junio de 2011

Fugaces

"Estás esperando un tren. Un tren que te llevará muy lejos. Tu sabes donde quieres que este tren te lleve, pero no sabes donde te llevará. Pero no importa, porque estaremos juntos."

Detenidos tus pasos has descubierto que hacía mucho que no te dabas cuenta de cómo se movía tu alrededor. Esa peonza parecía moverse más lento de lo que realmente lo hace, y en realidad, nada ha cambiado excepto tú. Has esperado un tren, has querido coger un tren, pero aquél que estuviera en marcha, que fuera a gran velocidad para que te llevará dónde fuera pero lo más rápido posible. Te has acostumbrado a vivir rápido, a eludir los detalles y a representar tu vida en trazos lineales, sin ornamentos. Rapidez y fugacidad, tus ojitos derechos. Y de tanta velocidad, tanta insensatez, que al intentar coger trenes a gran velocidad, tan rápido has caído y tan rápido lo has visto alejarse de ti. De nuevo, ves los trenes pasar, y tú, sin embargo, de nuevo caes de espalda contra los raíles de la estación de la desesperación en la urbanización de la impaciencia.

Con tu cabeza sobre las rodillas te das cuenta que tu vida parece una carrera de obstáculos y que, cuando miras atrás, te das cuenta que has tropezado con todos ellos, y cuando miras adelante ves que hay una inmensidad, un infinito... ves que no hay nada. Y sabes qué quieres, pero no sabes si llegarás, si tus pies lograrán ir despacio para adecuarte al ritmo de tu vida, pero a pesar de todo, reconoces en tu interior que eso jamás será así. Que pronto volverás a ponerte en pie y a esprintar de nuevo. Sólo una pared te hará frenar pero sabes que dolerá y a pesar de ello no te das cuenta que quizás alguien coja tu mano y te frene de tal locura. Que coja tu cabeza y la coloque sobre su vientre y te diga que la vida es fugaz y que los momentos son únicos; que nada es para siempre, que la vida es efímera si la hacemos efímera. Quizás te diga que pese a que la vida sea fugaz, lo bonito, lo esencial, se encuentre entre los trazos que dibujan cada momento.

Sabes dónde quieres pero no sabes si llegarás, pero no importa si al final no estás solo.

11 de mayo de 2011

Conquistar banderas

"Y cuando estás a punto de morir te lamentas de lo perdido y te enorgulleces de lo conseguido..."

Y junto a mi compañero continúo atrincherado, bajo una lluvia de balas cruzadas y la atenta mirada de las granadas esperando a que salte de este refugio para ser carne de cañón. Entre tanto, sólo salen palabras de alivio hacia mi compañero:

-Tranquilo, al final se cansaran... permaneceremos juntos aquí, a salvo de cualquier oportunidad de que nos alcancen, sin correr riesgos... sin poner a tiro mi cuerpo, mi casco, mi armadura...-Le comenté a mi compañero

-Eso espero, me esperan en casa, sabes que aquí estaremos a salvo y podrás contar conmigo...- respondió él, ligeramente más veterano que yo, con una familia a la que alimentar, con un proyecto de vida sólido, con una carrera lanzada por su propia inercia.

Y mientras el estruendo de las balas al fregar el aire inundaban mis oídos, mi mente parecía sumergirse en un silencio que me abstrajo de aquella jaula en la que estaba atrincherado.
"Veo mi vida en una jaula. En una jaula que ya conozco a la perfección. Una jaula que a medida que crezco se queda cada vez más pequeña y no me deja progresar. Y siento invalidez en mis acciones si permanezco en el sitio, y siento que el agua ya no está a mis tobillos, sino que ya me alcanzó el cuello y siento que me ahogaré antes de haberme ahogado si era incapaz de progresar, de romper esa jaula... Siento que me estanco, y necesito respirar".

Me anudé las botas tan fuertes que apenas podía sentir la sangre en los dedos de los pies, me coloque derecho el casco y me lo até firmemente, besé el retrato de mi madre y de mi hermano, y cogí mi fusil.

-¿Dónde vas? Te matarán- Me preguntó mi compañero

-Es posible, pero si me quedo aquí moriré torturándome en saber hasta dónde podría haber llegado, de saber lo que podría haber logrado... Me torturaría saber que jamás hice nada por decir: "Luché, di mi todo y caí contra el suelo". Pero entonces mi vida cobraría un sentido, adquiría un valor... Hubiera luchado y hubiera visto donde comenzaba mi suelo y acababa mi cielo.- Respondí contundentemente.

Acto seguido, me apoyé junto a los sacos de arena que resguardaban nuestros cuerpos y emprendí mi carrera entre aquella telaraña de balas. Seguramente un hombre no pueda ganar una guerra, ni tan siquiera una batalla, pero sí luchar por su felicidad, por aquello a lo que ama, por ambición, por ilusión, por sentirse un hombre de valor, por alcanzar nuevos retos, por realizar sus sueños...

... luchar por conquistar banderas.

22 de abril de 2011

Respuestas ilógicas

"No lograba entender si mis sentidos me engañaban, o si mi mente no conseguía asimilar tal ilógica respuesta..."


He sido consciente que mis expectativas sobre mis temores más grandes no han hecho más que hacer de mí un ser algo más libre. Seguramente romper una cadena en la que dos personas están apresadas es difícil si el temor a golpear la cadena se convierte en una herida hacia la otra persona, sin embargo, ceder esa decisión al otro sin temor a que éste pueda fallar y herirte sea un precio a pagar ínfimo comparado con la esencia de impartir tal dolor. Rota esa cadena, rota quedó el lastre que cargaba bajo mis pies, doloridos de tanto andar arrastrando dicha chatarra que tan sólo entorpecía el camino entre ambos. Noté que podía correr más rápido, saltar más alto, nadar más deprisa... Desencadeno en mí sensaciones que parecían estar extinguidas, y que, sin querer, poco a poco fueron desvaneciéndose cuando nuestra leyenda se hacía más grande.

Tanto es así, que se me olvidó querer de tanto haber querido, se me olvidó llorar de tanto haber llorado, se me olvidó envidiar de tanto haber envidiado, y mi mundo parecía una fotografía en blanco y negro; algo que no acababa de quedar bien, una especie de quiero y no puedo o sencillamente un cuadro en los que los trazos estaban borrosos. Y entonces se me olvidó vivir para los demás, pues nada tenía más cabida en mi pecho que mis pulmones y un corazón que latía por monotonía, seguramente se me olvidó cómo era sentir ese hormigueo en la barriga cuando viera pasar a esa persona, seguramente no sentiría amor si no supiera volver a reconocerlo.

Tras la explosión de eslabones surgió poco a poco sombras que fueron siendo dibujos a colores; algunos con tonos blancos, que me darían paz; otros que con tonos rojos, que me aportarían pasión; algunos otros se distinguían por sus tez verdosa, dadores de esperanza; esos otros que desteñían el lienzo con colores amarillos y anaranjados; importando a este cuadro alegría y vitalidad; y por último aquellos de tono azul, que me llevarían a un mar de tranquilidad y serenidad. Y pese a que mi mundo parece estallar en colores, sabía que mi mente no encajaría, pese a todo, llegar a entender sensaciones que para entonces estaban marchitas, pero al salir el sol, al brillar la luna y al oír el mar en sinfonía con la brisa de la costa, pareció que de nuevo corría sangre en mi interior, que mi cuerpo comenzaba a sentir el calor, y la escarcha de mi piel comenzaba a desvanecerse, comenzaba a sentir hambre, a tener sed, a tiritar si hacía frío y a sudar si hacía calor. Jamás llegué a saber cómo pero de nuevo nació en mí recuerdos sobre qué era querer, qué era llorar, qué era envidiar... Es posible que jamás logre entender si mis sentidos me engañan, o que mi mente no consiga asimilar tal ilógica respuesta, pero para mí todo está perfecto.